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Lo que está por venir

El 6 de octubre se inaugurará Vidas desguazadas, la exposición que comparto con Raúl Embid. Estaba programada para el 2017, y la consideramos lejana como una montaña oculta tras las nubes. Se adelantó a noviembre de este año, y finalmente ha pasado a la fecha indicada. Me parece que está demasiado cerca, que el retorno es imposible, que solo cabe continuar ruta como el ciclista que enfrenta las primeras rampas de un puerto muy empinado.

El verano pasado escribí microrrelatos en que los coches son localización y personaje, y Raúl fotografió vehículos en el desguace. Leíamos y observábamos las imágenes en la pantalla del ordenador. Aquello era placentero, pero, al igual que una película porno, era irreal. Hoy nos han entregado las veintidós obras de la muestra en la tienda de fotografía. Los píxeles se han transformado en algo tangible, en cuadros. Ahora cualquiera podrá acuchillar uno para manifestar su rechazo, o tocarlo con admiración cuando esté solo en la sala. Lo que imaginamos se ha tornado en objetos. A partir de ahora estamos vinculados, obligados a su custodia, transporte, escondite, venta y regalo, a preservarlos y destruirlos. Tenemos el poder absoluto sobre ellos y eso envanece.

No acaba en la impresión el trabajo, existen preparativos. La exposición no es al uso, nos han pedido una instalación, es decir, hacer del espacio un entorno armónico con los cuadros, decorarlo para que realce el contenido. Hemos confeccionado una lista de tareas y entonces hemos advertido su magnitud. Cuando me cito con Raúl, hablamos con urgencia de viajes, ramos de flores, conciertos y mujeres muertas. Son notas breves pegadas en la puerta del frigorífico, telegramas que anuncian noticias que deben esperar. Lo fundamental es lo otro, la relación de deberes, los plazos.

Fuimos a un almacén de materiales de obra. La cantidad a comprar era ridícula. El vendedor no entendía, y le explicamos el motivo. Nos preguntó si aquello era una cámara oculta. Le tendría que haber dicho que Raúl ha contemplado los coches y sus partes desde ángulos insospechados, que ha captado una luz que estaba ahí, en flotación, iluminando el desguace y que no pude observar con mis ojos, que ha hecho atractivos metales y plásticos desvencijados. También podría haberle dicho que esas fotografías conjugan de forma natural con las historias que he escrito en una o pocas frases, en las que aparecen parejas rotas, niños, asesinos, amantes, inadaptados que han vivido episodios decisivos en un coche. Que en esos relatos tan breves existen la crueldad, la sorpresa, el romanticismo y la evocación. Tuve la oportunidad de decirle al vendedor que si fuésemos músicos seríamos roqueros que componen baladas delicadas y canciones contundentes y furiosas, pero que, al no serlo, no sabemos definir nuestro estilo, ni a ese matrimonio extraño, aunque no de conveniencia, entre literatura y foto. Podría haber dicho todo esto al vendedor, y él podría no haber comprendido o no creerme o buscar una cámara camuflada en el mostrador. Reconozco que el señor fue amable: detalló precios y nos regaló una camiseta que me viene grande.

La inauguración será en el Centro de Historias. Acudirán amigos, conocidos, compañeros de trabajo, quizás periodistas. Estarán atentos a los gestos, al nerviosismo, al descuido, al desastre o al éxito. Seremos dos actores que representan una obra con el guion sin aprender, noveles en ese escenario. Expuestos como los cuadros, faltaría más. Reparo en lo teatral del asunto y le pregunto a Raúl si ha pensado en el vestuario. Se sonríe y me previene de la sobreactuación. Está en lo cierto.

Lo normal es que ese jueves todo sean felicitaciones porque allí estarán personas queridas. Puede que alguno considere que le hemos hecho perder el tiempo, pero no lo dirá.  Mentirá o se callará. Los parabienes alimentan el ego, aunque procedan de los próximos y se sepa que son parciales, así que si alguno de los asistentes disconformes es sincero, lo miraré por encima del hombro, pensaré que no tiene ni idea y lo odiaré durante un instante, antes de pasar a otro, no sin antes prometer, con expresión de sabio, que meditaré su opinión. Al día siguiente olvidaré las enhorabuenas y solo recordaré ese juicio ácido o indulgente. El efecto de esas palabras amargará las horas y no me dejará dormir a pierna suelta en semanas. Aquel colega o familiar pasará a formar parte de los enemigos secretos hasta que ciego de ira le haré conocer su condición y pagar su osadía.

Declararemos que lo hemos hecho lo mejor posible, con esfuerzo y dedicación, y que, para ser la primera vez, estamos satisfechos. Lo diremos en nuestra defensa, cuando en la literatura y en el arte el sacrificio, las buenas intenciones, la ignorancia y la condición de novato carecen de valor, no eximen ni atenúan. Lo que cuenta es la obra final, el resultado, y no llores tus penas. Eso lo saben los verdaderos críticos, los inmisericordes. Esperaremos su dictamen con preocupación, si tenemos la suerte de que se fijen en la muestra, de que le dediquen unos párrafos en la sección de su periódico, en su blog o en su muro de Facebook, porque existe una máxima que dice que lo importante es que hablen de uno, aunque hablen mal. Pueden pronunciarse en este sentido, incidiendo en las carencias, enfadados por el descaro de diletantes, convenciendo al lector de no visitar la exposición, cerrando de un portazo nuestro futuro con una opinión demoledora. Entonces nos enrabietaremos, y concluiremos que los críticos tampoco han entendido la obra, que han sido insensibles a un ideal de belleza conflictivo como el que se da en la ruina y decadencia de un desguace, que no son dignos de apreciar la poesía y lo hiriente de los cuentos, que no saben o no quieren ponderar la exactitud y concisión en el lenguaje. El problema lo tendrán ellos, porque las composiciones poseen todo esto y más. Jamás albergaremos duda sobre el trabajo, que es inmejorable, y es que hemos parido las crías, que nadie las ataque. No obstante, caeremos en la tristeza y beberemos para menospreciar sin remordimientos a los detractores. Aunque la frase hecha asegura que incluso las consideraciones negativas sobre uno darán sus frutos, nosotros no lo creeremos. La pesadez en los pasos, los ojos enrojecidos de pena y enojo, el no dejarse ver, salvo en los tugurios, y el no contestar al teléfono: ese aura de perdedor nos puede beneficiar, conferir un papel de artistas malditos, de maltratados e ignorados injustamente o, al menos, de modo desproporcionado. Puede que llegados a ese punto, la gente se apiade, simpatice con nuestra causa y vaya en aluvión a comprobar si la exposición es realmente infumable como se publicó, o somos nosotros los que tenemos razón.

El jurado del Salón. París, 1903

Deseo que los acontecimientos no transcurran de esa forma, puesto que sufriríamos y nunca se puede confiar en la voluntad del público para conceder una oportunidad, atención y tiempo en contra del parecer de las autoridades en la materia. Cruzaremos los dedos para que esas primeras reseñas se rindan a nuestros pies, nos alaben, reclamen para nosotros honores y la presencia de personalidades de la cultura alrededor. Es lo que merecemos. Entusiasmados con esos panegíricos, destacaremos la inteligencia y honda percepción de los profesionales para señalar los matices de la obra, para descubrir mensajes ocultos, que ni siquiera nosotros intuíamos, pero que celebraremos estén ahí. Y entonces sí, las mañanas no tendrán amargor y dormiremos a pierna suelta en conexión con el mundo, estaremos satisfechos de nosotros mismos, la gloria habrá llegado para enraizarse. Brindis. Sentiremos que nos miran en el tranvía, que se dirigen con respeto hacia nosotros, que abrimos camino. Esos desconocidos nos habrán reconocido en alguna foto o en la televisión, probablemente ya hayan visitado la instalación y nos admirarán, puede que alguno hasta nos envidie por la habilidad para captar un instante, sobrecoger y acariciar. El ego se hinchará como un globo que asciende, y quién sabe si algún techo podrá detenerlo. Seremos felices y soñaremos con nuevos proyectos.

Desmontaremos la exposición y, ya con anterioridad, constataremos con asombro que nadie habla de nosotros, que no hay menciones recientes en las redes sociales, que quizá la joven que nos observaba en el tranvía lo hacía porque habíamos fijado la mirada en ella previamente. No notaremos las palmadas en la espalda de la inauguración y los cuadros se descolgarán. Echaremos de menos las opiniones indulgentes de los amigos y las críticas feroces.

En un último acto, me citaré con Raúl y nos preguntaremos si ha merecido la pena puesto que nuestra vida no ha cambiado, que la noche y el día siguen sucediéndose, que no se vislumbra nuestra influencia en el arte actual, que estamos igual que al comienzo, que las fotos y las líneas eran sencillamente eso, que uno se cree el rey fácil y deprisa, pero se demora en reparar en que nunca lo fue, en que, como mucho, se convirtió en un gilipollas insignificante, petulante y pasajero. Con una pizca de sensatez, coincidiremos en que ya hemos dedicado demasiado rato a esas cuestiones y en que es hora de profundizar en los viajes, ramos de flores, conciertos y mujeres muertas de las que habíamos hablado con urgencia, telegráficamente, cuando lo importante era lo otro.

El cuadro de la portada se titula Exposición pública de un cuadro, (1888) y su autor es Joan Ferrer i Miró.

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