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Pornoclub matinal

 

Madrugada de 1986. Una luz asoma en la persiana entre abierta de un piso de Utebo Park, una flamante urbanización de trescientas viviendas con jardines, piscina y pista de tenis, signo de los nuevos tiempos. Gloria se extraña de que Juan haya adelantado la hora del despertador. Próxima está la parada del autobús que lo lleva a Opel-General Motors. Como sus vecinos, pensaron que la urbanización presentaba una buena oportunidad para formar un hogar: el precio era más asequible que en la ciudad, estaba a solo a diez kilómetros de esta,  más cerca de la factoría y Utebo era un lugar tranquilo para que crecieran los niños. Juan le dice que no se preocupe, que ha quedado para desayunar en el bar.

Existen pocos bares en el pueblo y uno solo abierto a esas horas. Es necesario atravesar varios descampados y un tablón que hace de puente improvisado sobre una acequia para llegar a él. Juan saluda a Fructuoso, el tabernero. Es falso que se haya citado con ninguno de los hombres que permanecen junto a la barra o están sentados a las mesas, de cara al televisor. Cada día acuden clientes nuevos, son barrenderos, butaneros, trabajadores de Cervezas El Águila o de los pequeños talleres que existen en el polígono del mismo nombre. Han dejado a sus mujeres e hijos durmiendo en casa. Todos están allí porque han quedado para desayunar. De la cocina salen los primeros platos de torreznos, morcilla y chorizo. Alguno con buen apetito pide huevos fritos, otros se conforman con un carajillo. Fructuoso apaga el cigarro y se enciende otro. Le ofrece uno a Juan, que lo acepta a pesar de que prefiere el tabaco rubio.

El hombre gordo que está sentado en la primera mesa debajo del televisor protesta. En quince minutos se marchara y aún no han puesto la película. Fructuoso coge una cinta VHS de la pila que guarda junto a la caja. Se sube en una silla para alcanzar el vídeo. Todos observan como la lengüeta cede y engulle la cinta. Fructuoso apunta con el mando a distancia y la película comienza. Los parroquianos aplauden.

Los reproductores de VHS han sido el regalo estrella de los Reyes Magos de 1986. Gran parte de las viviendas de Utebo Park disponen ya de uno, de cintas vírgenes para grabar y de un par de películas. Algunos se desplazan a los videoclubs de Zaragoza para alquilarlas, pero la mayoría no lo hacen por pereza y se preguntan por qué no ha abierto ninguno en el pueblo. Eso es lo que ha escuchado Fructuoso detrás de la barra y también que en esos establecimientos hay una sección de películas porno. El hombre gordo, que huele a sudor a partir del miércoles porque no lava el uniforme, se lamenta de que su mujer se niegue a que compre una película equis.  «El niño sabe poner el vídeo y curiosea todo. ¿Dónde la vas a esconder? En la mesilla, ni hablar».  Fructuoso sabe que la clave del éxito es contentar al cliente y con esa máxima en mente alquila películas en un videoclub de Zaragoza. Ha negociado con el dueño una ampliación del plazo de devolución para ahorrarse viajes. La idea ha funcionado, solo es preciso contar las personas que llenan el local todas las mañanas.

Juan se emboba con la calidez de los ambientes de los films de esa época, en los que parece que flotan algodones de azúcar extendidos, con los grandes pechos siliconados de las actrices, en los que se aprecian los cortes quirúrgicos cuando levantan el pecho. A Juan y al resto les gusta Ron Jeremy. Aclaman a ese actor bajito, rechoncho y con bigote que se folla a esas hermosas mujeres con pelo de color platino, cejas y montes de Venus de carbón. Son hombres maduros que han perdido su esbeltez, al igual que Ron, y en el televisor no lo ven a él, se ven a ellos mismos. En la comedia erótica mediterránea aparecían actores feos de ese perfil (Alvaro Vitoli en Italia o Esteso en España), pero eran películas en las que el hombre aparecía ridiculizado y no se consumaba el acto sexual o no se mostraba. En cambio, en el porno estadounidense el sexo era real, explícito, no había bromas y si existían daban paso rápido a escenas con hombres viriles y mujeres sumisas.

Juan dormita en el autobús trayecto a la fábrica de coches. Su estómago está caliente y sueña el sueño americano de Ron Jeremy.

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