Blog

Las raíces del miedo

El miedo hunde sus raíces en aquel pasado en que fuimos vulnerables y creíamos que todo podía suceder. Hace siglos se introducía en los niños a través de los cuentos, en la penumbra de una hoguera, y, luego, a través de la literatura escrita. En el siglo XX las historias creadas en el cine y la televisión fueron los principales transmisores. Cuando nos preguntamos sobre nuestros terrores infantiles, la primera respuesta se asocia a las imágenes de alguna película.

He tenido la suerte de que mis hermanos sean mayores y que a uno de ellos le apasionaran las historias de miedo. Yo nunca leí ni uno de sus libros de Stephen King, pero sí me atreví a colarme en el salón cuando veía en el vídeo alguna película o serie y mi madre estaba despistada. De aquellas cintas olvidé el título y  la trama, sin embargo, con el transcurso de los años, algo me ha ocurrido. Resulta que con La profecía, La cosa de John Carpenter, La invasión de los ultracuerpos o Twin Peaks una turbación remota volvía, e intuía que había visto esas escenas antes.

El miedo, cuando no es dañino, cuando es ficticio, te hace sentir vivo. Para mí no supuso ningún trauma, y que no recordara las películas, que la inquietud que me provocaron sea un rumor vago, archivado, me reafirma. Aunque también me ha hecho reparar en que las raíces de mi temor no se encontraban en el cine. No he tenido que rastrear en lo profundo, sé perfectamente cuáles son porque siempre las he tenido presentes; también nacían en la pantalla.

He revisado las grabaciones que informaban de aquellos cinco sucesos para corroborar en qué grado lo que guardo en mi memoria es exacto. En todos los casos se trata de un fragmento, sin apenas datos o antecedentes, pero fiel. El impacto fue tan grande que dejó una huella precisa.

 

Una población desencantada y hambrienta sabe que tras el anuncio triunfal de su dirigente, siempre viene la contrapartida oculta, que la hará más desgraciada. Es lo que sospecharon los rumanos en 1989, cuando Nicolae Ceausescu, el dictador comunista que los gobernaba, declaró que había pagado la deuda internacional contraída por el país. Y no estaban equivocados: toda la producción se destinó a las exportaciones, se eliminaron las importaciones, se racionaron los alimentos, y la luz, el agua y la calefacción fueron recursos disponibles solo unas horas al día.

El 17 de diciembre hubo protestas pacíficas en las calles de Timisoara, que el ejército reprimió, provocando noventa y tres muertos. Ceausescu salió al balcón presidencial a justificar la matanza. Su esposa Elena lo acompañaba. Sorprendido, Ceausescu escuchó abucheos. Al principio, sin saber qué hacer, únicamente acertó a negar a los congregados en la plaza. Después se abrió fuego contra ellos. El 22 de diciembre, la revuelta se extendió con el apoyo del ejército y grupos escindidos del Partido Comunista. Ceausescu y Elena huyeron de Bucarest en helicóptero, pero el piloto fue obligado a aterrizar a pocos kilómetros y los detuvieron.

Un tribunal militar extraordinario juzgó al dictador y a su mujer el 25 de diciembre. Me inquietan esas imágenes, porque seguro que las vi, aunque solo me acuerdo del final. Ceausescu se presentó con el pelo revuelto, un abrigo negro y una bufanda que no se quitó. Elena llevaba un pañuelo de seda en la cabeza, un abrigo crema con ribetes negros y un bolso, del que no se separó, del mismo color. Parecían dos ancianos indefensos sentados en el banquillo.

Los militares los acusaron de genocidio, de destruir la economía nacional y de socavar el poder del Estado. Ceausescu se negó a testificar, no reconocía al tribunal. A gritos, amenazó a los militares de que morirían, luego de escuchar el veredicto.

Elena dijo de manera agresiva: <<Si queréis matarnos, matadnos juntos. Tenemos derecho a morir juntos>>, mientras cogía enérgicamente del brazo a su marido. Dos soldados quisieron atarlos. <<De vergüenza>>, se quejó Elena, mientras anudaban sus manos a la espalda. Arturo Pérez Reverte, corresponsal de guerra en esos años, famélico y con unas gafas de montura que abarcaban gran parte de su rostro, explicaba que las autoridades interinas los ejecutaron inmediatamente para evitar su rescate.

El desenlace en el paredón es lo que yo recordaba. Fue en un patio, delante de una fachada con ventanales. Se escucharon disparos y una humareda cubrió el aire. El cámara se acercó al muro, en el que eran visibles los orificios de bala y los dos cadáveres. De la cabeza de Elena manaba un reguero de sangre. Llama la atención la posición en que quedaron sus piernas: dobladas en ele; también las de Ceausescu, de rodillas, al desplomarse hacia atrás. Las piernas, las piernas… parecían muñecos.

 

ceasescu

 

Puede que Samuel K. Doe soñara, antes de liderar en 1980 un golpe de estado en Liberia, en reunirse con el presidente Reagan ante los fotógrafos. Es lo que pasó después de obtener el poder. A cambio del apoyo de Estados Unidos, Liberia cortó sus relaciones diplomáticas con la URSS y aseguró a su aliado derechos de uso exclusivo para sus puertos. Doe gobernó de manera autoritaria, ilegalizó a los partidos opositores y convirtió el país en un paraíso fiscal. Fueron años dorados para él, de corrupción y despilfarro.

En 1989, el Frente Nacional Patriótico de Liberia (FNPL), dio otro golpe de Estado. Formaron un gobierno alternativo al de Doe que controló extensos territorios. La Comunidad Económica de los Estados del África Occidental (CEDAO) envió una fuerza pacificadora, aunque sus cuatro mil hombres solo pudieron establecer una sede en el puerto de Monrovia.

Johson Prince, el lugarteniente del FNPL encargado de conquistar la capital, creó una facción que se escindió del movimiento, justo cuando asediaba el palacio residencial donde se atrincheró Doe. El 9 de septiembre de 1990, Doe se desesperó e intentó llegar al cuartel de la CEDAO para conseguir su protección. No pudo, los hombres de Prince lo apresaron.

En el interrogatorio, Doe aparece sentado en el suelo, con la camisa abierta y el calzoncillo ensangrentado. Está rodeado por rebeldes vestidos con guerreras de camuflaje y pañuelos rojos. Prince le pregunta en qué lugar esconde el dinero público que ha robado. Un periodista acerca el micrófono al prisionero, que no confiesa. Prince habla por un walkie talkie, subraya lo que dice moviendo las manos, se gusta ante la cámara. Una mujer le seca el sudor y otra le abanica con un trapo como si espantara moscas. Prince lleva un reloj de oro y dos granadas en la bandolera. Bebe una lata de cerveza como si fuera el personaje odioso de una película. Doe suplica clemencia y los rebeldes se ríen. Prince le da una última oportunidad: “I don´t kill you”. Doe no desvela el paradero de su fortuna. Un joven le pisa el vientre y el cuello para que no se mueva, mientras otro le corta una oreja. El resto de soldados se sientan apretados en un sofá y miran lo que pasa. Doe grita a Prince que es ya suficiente, que hablará. Así durante catorce minutos.

La segunda parte de la tortura es la que sí identifico. Doe está cerca de un embarcadero, junto a un merendero con bancos azul verdoso. Un soldado, que lleva un chaleco antibalas y, también, un reloj de oro, le repite las preguntas. Doe está desnudo, con los pies atados, cabizbajo, sin esperanza. Un grupo, que no se ve, canta algo. Me alivia comprobar que mi recuerdo era inexacto. Creía que lo habían castrado, quizá porque las imágenes son difusas. Lo que se aprecia con nitidez es a un hombre a su espalda. Lleva un machete desenvainado.

 

Samuel Doe with Reagan

 

Además de la violencia, creo que aquellos hechos me turbaron por la novedad que suponían. Un niño posee una noción limitada de un dictador: son personas poderosas, malvadas, a las que nadie se enfrenta. Que dos de ellos murieran ajusticiados representaba una anomalía. A las personas, sin distinción de edad, les incomoda que la realidad contradiga las certezas.

Nunca he olvidado a Ceasescu, a Elena y a Doe, aunque supongo que a los pocos minutos de verlos en la televisión me distraería con otra cosa. Es probable que me consolara pensando que la muerte solo llega a los mayores.

 

Omaira y su tía se refugiaron debajo de la cama. La avalancha de lodo y escombros procedentes de la erupción del volcán Nevado del Ruíz avanzaba por las calles de Armedo en dirección a la casa donde vivían.

Las autoridades no avisaron a los habitantes de esa ciudad floreciente cercana a Bogotá de que el volcán se estaba despertando. El 13 de noviembre de 1985, la corriente de lava y deshechos encontró salida en el río que bajaba del Nevado, que se desbordó, sepultando la población.

Cuando el sol salió, secó más de veinte mil esculturas de barro: los cadáveres cubiertos de lodo reseco. Las brigadas de rescate socorrieron a las personas que habían trepado a los árboles y a los tejados o que esperaban en las colinas. Algunas como Omaira estaban atrapadas en los escombros. “Toco con los pies la cabeza de mi tía”, dijo la chica a los que querían liberarla de la balsa de agua turbia.

Omaira preguntó a los periodistas que la filmaban si podía dejar un mensaje a su madre, que en esos momentos estaría preocupada por ella en la capital, a donde había viajado unos días antes. La niña tenía el pelo rizado, muy corto y era morena. El agua alcanzaba sus labios y se sujetaba a un poste que habían colocado los hombres de salvamento. Omaira enseñó la mano izquierda para demostrar que la podía mover con libertad: estaba arrugada como si tuviera setenta años. Le hablaron para que se mantuviera despierta en los momentos en que nada pasaba, salvo la discusión sobre cómo sacarla de ese agujero. Los hombres se sumergieron, tiraron de ella con cuerdas e intentaron succionar el agua con una motobomba.

“Yo vivo porque tengo que vivir. Ya a penas tengo trece años, para morirme queda mucho”, dijo, probablemente antes de saber que los médicos descartaban amputarle las piernas porque no disponían del material e infraestructura necesarios. El cámara enfocó el rostro de Omaira: el negro se comía el blanco de los ojos, lo dejaba en un resquicio. Ese negro era la muerte.

 

Omaira-Sanchez--644x362

 

 

Además de pena, me sentí desprotegido: los adultos fueron impotentes para salvarla. Quizá me dije que en esa ocasión fue así, pero que en otras triunfaban contra la fatalidad. Debía confiar en los mayores, ellos ayudaban a los niños.

El pueblo vallisoletano de Villalón de Campos celebraba las fiestas patronales de San Juan y San Pedro. Uno de los forasteros que se acercó a la localidad, ese 25 de junio de 1992, lo hizo en un todoterreno negro adornado con pegatinas. Llevaba consigo carteles que publicitaban el concurso para radioaficionados La caza del zorro. A la una y media de la noche, el hombre pidió a Olga Sangrador, una niña del pueblo, que lo acompañara al coche donde guardaba los carteles. El forastero se llamaba Juan Manuel Valentín Tejero, y disfrutaba de un permiso carcelario. Había sido condenado por robo, exhibicionismo y violación de menores.

No tardaron en encontrarlo. Dos días después confesó el asesinato y condujo a la Guardia Civil a un pinar situado a unos ochenta kilómetros de Villalón. Recuerdo que en las imágenes iniciales del informativo aparecía una retroexcavadora iluminada por unos focos, el ruido del motor y el de la tierra removiéndose; pero no las he encontrado. Sí, en cambio, el instante en que Galache, unos de los investigadores, acerca, esposado a su mano, a Juan Manuel al lugar exacto donde se descubrió a Olga. El violador vestía de forma elegante: americana y pantalón gris, camisa blanca. La luz igualaba sus facciones ante la cámara. Galache, que entonces tenía una hija de la misma edad que Olga, de la misma edad que yo, nueve años, le ordenó: “Mírala, mírala”. Juan Manuel no quería, lo obligaron, cogiéndolo de la cara. “¿Es ella?”. Arrodillado pidió perdón a Olga por haberla violado, intentar ahogarla y, al ver que no moría, golpearla con una barra de hierro en la cabeza.

 

Olga Sangrador

 

Existían hombres malos que mataban niños. Debo tener precaución, pensaría. Aunque junto a mi familia, en mi pueblo, no me pasaría nada. Esas desgracias ocurrían lejos.

David Badía Burillo tenía cuatro años cuando se divertía con otros pequeños junto a una acequia en el barrio zaragozano de Casetas. Desapareció esa tarde del 23 de Abril de 1987, pero yo no me enteré hasta unos días después, cuando escuché el telediario regional, mientras jugaba y sin aparentar interés. Me acuerdo de la fotografía, no de la descripción: <<Rubio, de ojos azules, llevaba en el momento en que se perdió un pantalón vaquero corto y un jersey amarillo con rayas azules>>. Se llamaba igual que yo, compartíamos la edad. A lo largo de la semana el noticiario informó de los avances en la investigación: batidas con perros policía, vuelos en avionetas, el dragado de la acequia. Lo que realmente me alarmó fue la novedad que hizo pública el padre de David. Una de las niñas que jugaba con su hijo le dijo que un hombre muy alto los invitó a subir a un coche. Los llevó a las afueras y, mientras los demás se asustaron de la distancia que estaba alcanzando su aventura y se bajaron del vehículo, el hombre convenció a David para que lo acompañara a Utebo, donde le compraría pasteles.

En Utebo vivía yo, Casetas está situado a un par de kilómetros. Una persona había secuestrado a David y lo había llevado a mi pueblo. Las madres nos vigilaban de cerca, no permitían que nos alejáramos y nos advertían de que debíamos rechazar regalos o caramelos de desconocidos. No tenía intención de hacer nada de eso.

El padre dudaba de la niña de cinco años. La policía tomó con cautela la declaración. Si alguien había raptado al pequeño, sería para quedárselo o venderlo a un matrimonio sin hijos, ya que la familia no podía pagar un rescate, su salario era modesto.

Dos meses después, el cuerpo se encontró a seis kilómetros de Casetas, en un campo de trigo en Monzalbarba. El lugar está junto a Utebo, de hecho, fue un vecino de mi pueblo, Arturo Longas Diez, quien lo descubrió. El forense dijo que David falleció el mismo día en que desapareció y que la hipótesis era que había caído en la acequia y había sido arrastrado hasta allí. La policía descartó el secuestro y zanjó el caso.

He preguntado a mis padres y a uteberos por cómo se vivió el suceso, si colaboraron en la búsqueda, si hubo desconfianza y temor durante esos dos meses. Me ha sorprendido que casi lo tuvieran olvidado.

Ahora comprendo por qué las películas de terror no me sobrecogieron. Lo que me amedrantaba era real y cercano, no era imposible que muriera de forma violenta. El orden de exposición de estos miedos ha sido arbitrario, no corresponde a la cronología ni a la intensidad con que me afectaron, quizá sí a una lógica interna sin explicación clara.

El caso de David Badía fue el que más me atemorizó, fue el que recibí con menos edad, lo identifiqué conmigo puesto que compartíamos años y zona de residencia y, sobre todo, porque había una sombra de misterio en él. Siempre he sospechado que ese hombre pudo existir y ser el responsable de que David se ahogara en la acequia. Me calmaba diciendo que el forense no halló signos de fuerza o abusos y, por eso, la policía no siguió con las pesquisas. Pero ese un argumento no apaciguó mi recelo.

Mientras escribía este artículo, pensé que las respuestas para resolver las cuestiones pendientes las tenía la niña de cinco años. Ahora sería una mujer y ya habría confesado, o no le importaría hacerlo, si aquel hombre que metió al pequeño en el coche era una imaginación. Era fácil, solo debía encontrarla.

Llamé a mi amigo Uli, que vive en Casetas y conoce a todos. Me dijo que no sabía quién podría ser la niña que ahora es una mujer, pero, para mi sorpresa, conocía al hermano de David. No sé la razón por la que estaba convencido de que la familia Badía Burillo había abandonado el barrio. Uli prometió que contactaría con el hermano y le preguntaría si se habían entrevistado con esa niña años después.

El teléfono sonó a la semana. En la pantalla apareció el nombre de Uli. Probablemente era la confirmación de que la niña mintió o, que en esa edad en que se confunde la realidad con la fantasía, quiso ayudar sin malicia. Pero ¿si se ratificaba?, ¿si esa persona se llevó a David? Antes de descolgar, supe que no había sido buena idea despertar a mi hombre del saco.

 

 

 

1 Responses

  1. Y qué pasó? Conocía a la mujer?

    maria

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *