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La sensación de llegar tarde

Durante meses he escrito las memorias de mi madre. Me he dado cuenta de que en su biografía se puede observar la historia del mundo. He descubierto acontecimientos, rescatado otros y he añadido matices a los que ya tenía presentes. Al mismo tiempo, he escrito con una nueva responsabilidad. No creo a los escritores que afirman que escriben para sí mismos. En el fondo todo creador cobija el deseo de agradar a quien se acerca a su obra. En este caso, ese deseo ha adquirido un compromiso acentuado: he querido que lo escrito le guste a ella, y mucho, a pesar de haber deformado la realidad de su pasado con mi voz.

Durante varios días conversamos con la grabadora sobre la mesa. Yo proponía una etapa de su vida y le dejaba explayarse. En ocasiones me sentía tentado de detenerla cuando retornaba a un punto ya narrado, pero me reprimía; y siempre su relato arrojaba nuevos datos. Había momentos en que insistía con preguntas para que profundizase en algún tema, en que la acosaba. Ella, o su recuerdo, establecían los límites. También disfrutaba maliciosamente al sorprenderla intercalando una pregunta inesperada. Tras unos segundos, en que buscaba acomodo en la silla, se recomponía para responderme. En una de esas situaciones le pregunté por algún episodio histórico que le hubiera conmocionado. Mi madre me dijo que uno de ellos fue el asesinato de Kennedy.

Mi madre se encontraba en un bar acompañando a su prima y al novio de esta. Atendía a la televisión que emitía el informativo en ese momento. La taza de café tembló justo antes de rozar sus labios. Estaba presenciando el asesinato del presidente estadounidense. Es lógico que una chica de diecinueve años, que apenas veía la televisión, ya que no disponía de una en casa y que ignoraba la lista histórica de magnicidios, se sobrecogiera ante aquellas imágenes. De hecho, puede que fuera el primer asesinato filmado de un mandatario.

Yo recordaba el paseo en descapotable del presidente junto a su esposa Jackie, algún detalle como el pulso agitado del cámara o el color y la luz irreales de la película. Aunque no estaba seguro. Quise volver a revisar ese vídeo, quizás para comprender lo que sintió mi madre o simplemente por interés de historiador.

Kennedy aterrizó en el aeropuerto de Dallas una mañana de noviembre de 1963 con motivo de un viaje oficial. La limusina descapotable lo esperaba para conducirlo al Centro de Comercio donde se desarrollaría un acto de bienvenida. En el trayecto, varios policías motorizados y otro coche con agentes secretos seguían su estela. Los ciudadanos salieron a la calle para aclamar la comitiva. Jackie vestía un traje de lana rosa y ribetes negros, un sombrero redondo y guantes blancos.

La grabación llega al punto culminante a las 12:30 de ese día, cuando el coche hace su aparición en la plaza Dealey. Enmudeció el jolgorio tras el disparo que perforó el cuello del presidente. En la imagen se observa como Kennedy se lleva las manos a la garganta con un gesto de dolor. Su esposa lo sujeta hasta que un segundo impacto estalla en su cabeza. Entonces, Jackie lo suelta y se incorpora en el asiento, mientras él se desploma, para apoyarse con las manos y las rodillas en el maletero, en una posición irracional de pánico, que denota su intención de escapar del auto.

La escena impresiona, aunque la televisión nos haya acostumbrado a presenciar actos violentos. Sin embargo, lo que despertó mi atención fue esa postura inusual de Jackie tras el segundo disparo. En otro vídeo aparece una nueva perspectiva de ese instante y, además, nos permite observar al resto los de protagonistas. Yo lo he hecho con el agente secreto que se esfuerza por llegar a la limusina.

El agente estaba en el coche escolta, de pie sobre un estribo del que saltó rápidamente hacia el auto presidencial, como así hizo. Corrió hasta alcanzar la capota plegada, y aferrado a ella y a unos asideros, recorrió varios metros casi en vilo. Cuando el chófer aminoró la velocidad, pudo impedir que Jackie saltara. Este hombre hizo su trabajo, pero no cumplió su función que era proteger a Kennedy.

No puedo evitar fabular con los pensamientos que pasaron por su cabeza en esos segundos y que nosotros podemos expandir al ralentizar la velocidad de los fotogramas: “Tengo que llegar al coche, puedo hacerlo deprisa, está a poca distancia”, “Pero ¿podré salvar al presidente cuando llegue? Creo que no, he visto como el segundo disparo le ha volado la tapa de los sesos”, puede que se dijese a sí mismo. Sea lo que fuere, cuando ese hombre saltó de la plataforma, sabía que llegaba tarde.

Creo que la imagen ilustra esa desagradable sensación que todos hemos vivido alguna vez cuando hemos presentido que lo que anhelábamos se nos escapó por un momento de descuido, pereza o indecisión. Ya sea construir una cabaña en un árbol; concebir un hijo; esperar que la cura que te ha administrado el médico paralice la enfermedad, o sea cual fuere el deseo que no hayas cumplido. Sientes que el futuro te aleja de él, y te niegas a ello, corres, te aferras a su estela y te preguntas con desazón si serás capaz de atrapar la oportunidad o ya habrá pasado.

 

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