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La huella americana

Cuando se acerca el verano, los habitantes del interior reparamos en que nuestras ciudades carecen de playa. Algunos se apenan y otros proclaman ese vacío como lo hicieron Los Refrescos en el mítico y verbenero tema Aquí no hay playa. Sin embargo, en mi caso, lo que añoro para mi ciudad en verano es un lugar especial que enseguida conoceréis.

Hace dos años abrió en Zaragoza la hamburguesería Peggy Sue’s. Yo estaba contento hincando el diente y contemplando la decoración del local que se asemejaba a las de las hamburgueserías de los años cincuenta en Estados Unidos: asientos de cuero acolchados, banquetas giratorias junto a la barra, grandes botes de kétchup y mostaza en las mesas, tarros con bolas de chicle, suelo ajedrezado y muchos colores. En aquel lugar, me sentí rodeado por el atrezo de Grease.

 

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La película se estrenó en 1978, pero mis recuerdos en torno a ella son posteriores cuando la vi en Telecinco o Antena3. Estos canales comenzaron a emitir en Zaragoza a principios de los noventa. Este no es un hecho baladí. Los de mi generación, a esa edad temprana, comprendimos lo que significaba la “España de las dos velocidades” gracias al mundo de la televisión, no al de los estatutos. Andalucía, País Vasco o Cataluña disponían de canales autonómicos en los que programaban dibujos animados que eran la caña y que los niños de las autonomías de los vagones de cola no podíamos disfrutar. Por si esto fuera poco, Telecinco y Antena3, en sus inicios, se olvidaron de Aragón y redujeron sus emisiones a Madrid y Baleares. Pues bien, recuerdo —se me hace un nudo en la garganta y casi se me saltan las lágrimas— que en unas vacaciones en Palma de Mallorca flipaba viendo las pelis y los concursos de estas cadenas. Mis pulmones se llenaron de ese aire fresco que ventiló la soporífera programación a la que la tele pública nos tenía acostumbrados.

Aquel verano, una de las privadas emitió Grease, un musical ambientado en los cincuenta dirigido a un público adolescente, que visto entonces me pareció fantástico —yo quería ser de mayor como Danny Zuko: baile, chulería, tronío e imagen roquera— y revisado hoy, califico de infumable. De hecho, pocos musicales veo, ya que me resultan creaciones forzadas, con las que no logro conectar. También he de decir que ahora considero que Danny Zuko es un personaje un tanto repelente y una versión meliflua y falsa de lo que es un roquero. ¡Qué decepción! Sin lugar a dudas, a veces, es mejor mantener intacto el recuerdo.

El Frosty Palace era la heladería a la que acudían las pandillas de la película y en la que también engullían hamburguesas. El Peggy Sue’s tiene cierta similitud al local de la peli, pero no es exactamente lo mismo —otro pequeño chasco—. Me pregunté entonces si sus hamburguesas tendrían parangón con las que comían los americanos en los años cincuenta o si habría sido víctima de otra invención. Aunque la calidad es superior a la comida que sirven en McDonald’s o Burguer King —Nota: el consumo de los productos de estas cadenas multinacionales puede provocar la muerte o disfunción eréctil (si un varón sufre esta segunda puede desear la primera) —, Peggy Sue’s no deja de ser una franquicia y los alimentos son elaborados en cantidades industriales en la central de Getafe; por lo que me temí que en nada se parecerían. A pesar de ese pálpito negativo, no he querido caer en el desaliento, e impelido por la curiosidad malsana que padezco, me he lanzado a la búsqueda de la más sabrosa y genuina hamburguesa de Zaragoza. Hete aquí un sucinto estado de la cuestión, porque, aunque parezca que no, deseo hablar de lo que echo de menos en verano.

El bar Mostaza sirve una hamburguesa esencial. Es decir, no incorpora  alimentos añadidos. Solo carne, pan y salsa de mostaza (yo probé la Antigua con sésamo en la salsa). Es un producto solo apto para los paladares que se placen con sabores contundentes y personalísimos. Las hamburguesas del bar San Petersburgo son exquisitas y abundantes. Por citar un detalle: el punto exacto de la cebolla pochada evidencia la dedicación con la que están cocinadas. Por último, he visitado la hamburguesería Nevada. Me quedan otras que probar, pero lo haré con pausa puesto que no quiero terminar como Morgan Spurlock —que casi le cuesta la vida rodar Super size me, un documental en el que demostró los efectos perniciosos que provocó en su cuerpo el consumo continuado de la ponzoña que sirve McDonald’s (Nota: releer nota anterior) —.

 

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Del Nevada me sorprendió el panecillo alargado con el que sirven la hamburguesa. Resulta que, cuando se inauguró el establecimiento en 1957, fueron los soldados americanos de la base aérea de Zaragoza quienes enseñaron la receta a los dueños del bar; y como no existían los panecillos redondeados típicos de su país, tuvieron que prepararlos con el modelo inveterado que comercializaban las panaderías zaragozanas. Gustó tanto este pionero mestizaje culinario que la hamburguesa del Nevada conservó este rasgo distintivo.

Los soldados estadunidenses llegaron a la base aproximadamente en 1957, tras la firma del Convenio defensivo entre España y Estados Unidos. Para Franco, este acuerdo supuso un reconocimiento político a su régimen y una inyección económica. Sin embargo, toda decisión produce consecuencias; un riesgo que no se consideró o que se decidió afrontar. Franco no anticipó que aquellos soldados eran portadores del estilo de vida americano, con una cultura y hábitos de consumo que dejaron su impronta en Zaragoza y que colisionaron contra la moral y costumbres puritanas del último reducto espiritual de Occidente, es decir, de nuestro país.

La base se conformó como una ciudad autosuficiente con toda clase de servicios y comercios en el interior de su recinto: escuela, cine, tiendas, bolera, hamburguesería o campo de golf. De esta forma, no era necesario que los soldados se desplazaran a Zaragoza. No obstante, la vida en una base, por muy extensa y completa que sea, se hace reducida y tediosa.

Muchas familias compraron chalets en zonas próximas. Por ejemplo, la urbanización Torres de San Lamberto —en la carretera de Logroño— se destinó al alquiler de esta colonia. De hecho, en sus orígenes se denominó “el poblado americano”. En la actualidad, los dúplex que fueron ocupados por los oficiales de alta graduación, son propiedad de familias de clase media. Igual destino aconteció en Garrapinillos, que transformó su antiguo caserío con la construcción de unifamiliares lujosos para los americanos y que en el presente han sido adquiridos por familias de economía desahogada; configurando una estructura social que no se repite en otros núcleos del área suburbana.

Sin embargo, la base debió de hacerse opresiva para los aviadores solteros. La solución para ellos era obvia: salir a conocer a chicas.

Hicieron su entrada en las calles al volante de cadillacs y chevrolets, con lo que no es de extrañar que despertaran la admiración de las zaragozanas. Se conformaron parejas y los americanos frecuentaron con asiduidad la ciudad, influyendo paulatinamente en el ocio de esta, ya que los empresarios quisieron satisfacer sus gustos —no olvidemos que poseían un alto nivel adquisitivo—, y el de la juventud endógena que se veía atraída por la nueva cultura.

De este modo, muchos locales en el Coso, el Tubo o la calle San Miguel colocaron billares americanos, en detrimento del billar francés que era el preferido entonces. Se abrieron hasta cuatro boleras en la ciudad. Tanta fue la aceptación que en la calle San Juan de la Cruz se inauguró el Bowling Club con dieciséis pistas: todo un acontecimiento.

Los hermanos de las novias de los americanos tuvieron el privilegio de escuchar discos prestados de rock, blues y jazz. Lo que fue determinante para que surgieran en la ciudad decenas de bandas que tocaban los nuevos ritmos en las salas de fiesta o en las matinales de los cines Madrid en Las Delicias. Las gramolas también se extendieron. En la actualidad, todavía se puede disfrutar de este artefacto en el bar Linares, un antro situado en el Casco, cuyo poder de atracción solo se explica por su gramola.

Algunos años más tardaron en implantarse los deportes que practicaba Danny Zuko para ponerse en forma y conquistar a Sandy. Sin embargo, los soldados americanos terminaron por fundar un equipo de fútbol americano, el mítico Lyons de Zaragoza; o de beisbol, siendo el Club de Miralbueno su sucesor.

Todo ello está muy bien, aunque, desgraciadamente, hay un elemento de la cultura norteamericana que nunca llegó a establecerse en mi ciudad y que echo de menos: el autocine.

Desconozco la razón por la cual ningún empresario apostó por él. Quizá se debió a que en España el cine de verano estaba consolidado en otro formato: en plazas o parques con sillas plegables de listones de madera como asiento; a que facilitaba los escarceos amorosos de las parejas jóvenes al resguardo de miradas indiscretas y eso no era asumible por la moral de la época; o, fundamentalmente, porque, en los años cincuenta y sesenta, el parque automovilístico en España era reducido y pocos muchachos podían disponer de un coche.

Malos tiempos corren para el cine —con el cierre de salas, como los Renoir—, para que se inaugure un autocine en Zaragoza. En la actualidad existen unos pocos en la costa levantina y en Gijón. Y allí, deberé marchar para disfrutar de una película junto a mi chica bajo las estrellas. En esto y en el tupé, sí que envidio a Zuko.

 

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