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La felicidad del esquimal

 

Todos los domingos a las cinco y media de la madrugada, José Luis se levanta para ir al rastro. Esos madrugones no responden a una obligación. Allí compra cromos, juguetes y tebeos. Es fiel a la cita aunque haga frío. En la primera hora sin luz están los verdaderos coleccionistas, cerca de cien. José Luis saluda a sus cinco amigos, que han creado un grupo de WhatsApp llamado Discípulos de Diógenes. Podríamos pensar que José Luis es feliz en el rastro, pero la felicidad no se la da el lugar, sino lo que hace en él: buscar.

Otro amigo que no veía desde hace tiempo, me dijo que tenía una nueva afición. Algunos fines de semana de primavera y verano, viaja al Pirineo en busca de oro en las orillas de los ríos. Se compró una batea y un detector de metales. El primer instrumento lo utilizaron los pioneros americanos. Al segundo, moderno, sofisticado y caro, se le presupone más eficacia. Hasta el momento no ha encontrado ninguna pepita de oro. Mientras le escuchaba asombrado, pensé que es un buscador como José Luis. Comparten el verbo y difieren en el objeto, y aunque coincidan en el verbo, lo viven de modo diferente: el coleccionista habla con entusiasmo de las horas que pasa en el rastro y en los ojos del buscador de oro se aprecia cansancio.

La búsqueda está inscrita en nuestros genes. Nuestros primeros antepasados se ocupaban en la caza y en la recolección para apaciguar su hambre. La evolución ha traído nuevas necesidades y para satisfacerlas es menester completar una serie de pasos ordenados, a veces deslavazados. Todos nos hallamos en búsqueda de una titulación, un trabajo bien remunerado, una pareja, el reconocimiento, la cura a una enfermedad, las ruinas de una ciudad perdida o un chollo. El objeto de la necesidad, sea esencial, irreal o superfluo, nos impulsa a actuar. Hace miles de años el homo sapiens abandonaba el calor de los abrigos naturales, hoy movemos nuestro culo del sofá. Dicen que la verdadera felicidad acontece en el camino sin importar el destino. Me temo que no es así de sencillo.

 

Hace miles de años el homo sapiens abandonaba el calor de los abrigos naturales, hoy movemos nuestro culo del sofá

 

Los manuales recalcan que una de las claves del éxito en un proyecto es concretar el objetivo. Cuanto más específico sea, mejor planificaremos acciones eficientes que nos conduzcan a él. Dudo que un esquimal lo suscribiese si su único deseo es emparejarse con una negra o yo mismo si solo quiero un Ferrari. Los dos habremos obedecido al manual y los dos nos frustraremos porque será complicado que él encuentre a una negra en la tundra, salvo que sea antropóloga, y yo ahorre o engañe al banco para que me conceda un préstamo. El fin que buscamos puede ser muy claro, pero si el entorno es adverso y nuestras capacidades reducidas, lo único que haremos es mala leche. José Luis sabe que en el mercadillo se congregan vendedores con mercancía que le interesa. Tengo predilección por lo imposible, pero el buscador de oro tendría que desplazarse a ríos asturianos o extremeños donde más de uno se ha hecho con el metal. José Luis rastrea alegre porque su objetivo es indefinido. Normalmente regresa a casa con algo que amplíe sus variadas colecciones, y si nada le convence, es fácil que cualquier objeto llame su atención para intercambiarlo. Mi otro amigo no está interesado en fósiles, cantos rodados con formas curiosas o truchas, solo quiere oro. Ya, pero ¿si encontrase una pepita sería mucho más feliz que José Luis?

Decenas de descubrimientos se hallaron accidentalmente como la penicilina, la dinamita o el velcro; y algunas soluciones a problemas surgieron fuera del laboratorio. El caso paradigmático es el de Arquímedes, que salió en pelotas a la calle tras descubrir que el volumen de agua que asciende es igual al volumen del cuerpo sumergido. Nunca sabremos si la anécdota del matemático en el baño fue cierta, pero su «eureka» se convirtió en expresión de júbilo utilizada cuando se consigue algo inesperado. Con una repercusión infinitamente más modesta, yo viví la alegría de una serendipia en el 2005. Investigaba la historia del ayuntamiento de Utebo y fui al archivo como otros días. Pedí unos legajos del siglo XVIII porque la base de datos señalaba que hacían referencia al consistorio. Se trataba de un pleito judicial en el que los vecinos y el ayuntamiento demandaban al carnicero por una subida de precios. El tema parecía interesante, pero la información podría ser reducida o incompleta como me había sucedido en otras ocasiones. A mitad del expediente, se incluía una copia de todas las licencias municipales, no solo de la carnicería, allí aparecieron las condiciones que se exigían al panadero, al tabernero y a multitud de oficios que mostraban aspectos de la vida cotidiana del pueblo en ese siglo. Por suerte había encontrado un documento íntegro y valioso. Estuve a punto de gritar «eureka» sin desvertirme, pero la archivera me hubiera mirado mal de todos modos. Ese hallazgo inopinado me hizo mucho más feliz que otros que esperaba con antelación, a los que dediqué esfuerzos en encontrar. Se podría decir que nos hace sumamente dichosos tropezar con algo que no buscamos y alguien podría refutarlo arguyendo que los investigadores estaban trabajando cuando sucedió. ¿Es innegociable la búsqueda para ser feliz?

Hace unos meses encontré un billete de diez euros mientras paseaba por la calle. Me pregunté por qué me alegré más que cuando cobro la nómina. ¿Qué felicidad colma: la de un sacrificado maratoniano al ganar las olimpiadas o la de alguien al que le toca la lotería? Yo pensaba que cuanto más esfuerzo y tiempo se dedicaba en una búsqueda, en transitar un camino, más grande era la recompensa. Que el buscador de oro iba a sentir más júbilo al observar una pepita en el fondo de su batea que José Luis al dar con el álbum de cromos de los pastelitos Cropan. Otro conocido que había estudiado unas oposiciones me hizo reparar en el error.

 

Yo pensaba que cuanto más esfuerzo y tiempo se dedicaba en una búsqueda, en transitar un camino, más grande era la recompensa

 

Fermin fracasó en los primeros intentos, pero perseveró en el estudio. Invirtió dinero, esfuerzo y siete años en un objetivo sin garantías de éxito. Al enterarme de que había obtenido la plaza, le pregunté qué había sentido. Me sorprendió que me dijera que fue alivio, cuando esperaba que me describiera el éxtasis. Su respuesta fue lógica. Cuando conseguimos aquello que perseveramos, que hemos previsto como consecuencia de nuestro trabajo sentimos alivio. Estamos tan cansados de la travesía que al arribar nuestra felicidad también se ha debilitado, convirtiéndose en algo menguado: la satisfacción. La búsqueda laboriosa no da felicidad, únicamente genera satisfacción, que es estar razonablemente conforme con la diferencia entre el resultado y las expectativas. La satisfacción es un menos mal, un creo que mereció la pena a pesar de todo, un he acabado reventado, pero he terminado lo que empecé. La felicidad es efímera, patricia y repentina. La satisfacción, duradera, plebeya y elaborada. ¿Significa eso que renunciemos a buscar con denuedo? La felicidad depende en gran parte del azar, la satisfacción fundamentalmente de uno mismo. Elijan libremente, pero recuerden que la búsqueda forma parte de nuestro ser y que en algún momento aprieta cualquier hambre.

 

Fotografía de portada: Edward S.Curtis.

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