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King Kong

Espere un momento. Me resulta de mala educación no acordarme de los nombres de las personas con las que trato. Los padres se toman muchas molestias en escoger el nombre de uno, y los apellidos son un vínculo con la familia, con el pasado de dónde venimos. Incluso los apodos son puestos con cariño por los que te estiman. Tanto lo tengo en cuenta que en pleno vuelo ejercitaba la memoria: Lupita es la mamacita linda que quiero coger; Cucaracha es el nuevo sicario; Héctor el novio de mi querida hija; Santamaría el apellido del patrón; José Aparicio y Leandro Martínez las mulas que descargan la mercancía.
Usted sabrá que también me llaman King Kong, aunque desconocerá el motivo aparejado al mote. No se inquiete, ahorita se lo cuento. Preste atención.
Mamá me disfrazaba de aviador cuando era bebito. Me colocaba un gorro y gafas de piloto, de principios de siglo, y un aeroplano en la mano, también antiguo. En la casa les hacía mucha gracia, más cuando a mi hermano se le ocurrió que yo chiquito, pero tan enorme en comparación al juguete que prendía, me parecía a King Kong en la escena en que sube al Empire State, y derriba a manotazos los aviones que le atacan.
Mi hermano es de lengua floja cuando priva. En una fiesta contó la historia y, desde entonces, me dicen así. Yo no era torpe como el simio, al contrario, era hábil al despegar de las pistas que desbrozábamos en la selva, escurridizo para los radares, veloz en atravesar el cielo y aterrizar en San Antonio. Comparto con King Kong que soy grande y fuerte, y una bestia cuando se trata de golpear al adversario. Por eso, y porque el apodo me recordaba a mamá, dejé que así me llamaran.
Un día el patrón me reconvino delante de los compadres por perder varios fardos. «Rey mono eres un pendejo», me dijo. Yo tenía en consideración a don Santamaría, y me habría tragado la llamada de atención allí, con todos los ojos puestos en mí y con la cara encendida de vergüenza. Pero lo que no pude consentir es que no me llamara por mi nombre. Con haber dicho «King Kong eres un pendejo» habría bastado. Sin embargo, me llamó Rey mono, haciendo chanza de algo sagrado. No lo pensé: saqué el revólver y lo balaceé, nomás.
¿Entiende ahora Pablo García por qué me ha enojado? ¿Ve cómo yo me acuerdo de su nombre? Comprendo que usted es un chavo asustadizo, que le ha temblado la voz al hablar conmigo, pero ni la equivocación acepto. Escriba bien, letra por letra: F-I-L-I-B-E-R-T-O – S-Á-N-C-H-E-Z, o King Kong si lo prefiere. Porque si leo en el diario mi nombre mal escrito, lo entenderé como una burla. Y aunque esté preso, descuelgo el celular y esta noche mismito lo visitan en su quinta, y de escribir crónica, pasa a ser noticia. Queda prevenido. Dale, ahorita pregunte lo que quiera.

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