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Instrucciones para una búsqueda

¿Cómo actuar cuando se pierde un niño? En primer lugar, acudir al patio del colegio. Es habitual que los pequeños jueguen después de que acaban las clases y no reparen en la hora. Si no se encuentra, seguir el recorrido por parques, potreros u otros lugares de ocio. Preguntar a los chicos que allí estén si lo han visto, si ha dicho dónde iba. No perder la calma, eso es fundamental. Ponerse en contacto con los padres de los amigos cercanos. Quizás esté de merienda en alguna casa y haya mentido asegurando que había prevenido de que tardaría en regresar. Telefonear a la propia familia. Es extraño que los abuelos no nos hayan advertido de que iban a recoger al nieto, pero antes de avisar a la policía, es preferible descartar esta posibilidad. Dar este paso es difícil, porque conlleva asumir la incapacidad para localizar al hijo, supone una petición de ayuda desesperada. La Policía Nacional y la Guardia Civil poseen más recursos para estos casos, de manera que utilice una de las dos opciones. Repito: no perder la calma, eso es fundamental. Nos interrogarán sobre las últimas horas, sobre nuestra relación, si había expresado alguna inquietud o tenía problemas con otros compañeros, si hemos observado a alguien extraño merodeando en el barrio, o sospechamos de alguna persona que quisiera hacernos daño. Es probable que las preguntas sean dolorosas, recuerdan que la vida de un menor es frágil a las amenazas. Las fuerzas de seguridad rastrearán minuciosamente las afueras, sitios donde pueda haberse accidentado como pozos, acequias o puentes. Después, analizarán algunas causas criminales: secuestro, pederastia, tráfico de órganos. Consultarán las bases de datos por si alguien con antecedentes de este tipo reside en la zona. En caso afirmativo, pedirán una orden de registro al juez. Rezad para no enteraros de esa parte de las pesquisas, puesto que no podréis dormir hasta que la inspección de la casa, del jardín de la casa, de la bodega de la casa, de las paredes y suelos de la casa haya sido en balde. Aquello supondrá un alivio momentáneo. Es preciso no perder la calma, eso es fundamental. La policía nos pedirá una fotografía para la búsqueda. Desconozco el motivo por el que se suele escoger un retrato de la primera comunión. Quizás es porque la foto es de calidad, un profesional ha enfocado e iluminado correctamente al niño. La gente observa el rostro con nitidez, en primer plano. Además, verlo ilusionado, con aire inocente, en un día tan señalado, propicia que el ciudadano se identifique con él y con el sufrimiento familiar, y se involucre intentando recordar si ha visto esa cara en los días previos.

Me habría avergonzado si mi fotografía de comunión hubiera sido utilizada para abrir los telediarios. Cualquiera me recordaría por mi vestido blanco, por mi melena larga, por el bolsito con cierre metálico o el ramo de flores sobre la columna jónica de cartón piedra. Nadie tuvo que mostrarla y nadie me buscó en el recreo o en el domicilio de mis abuelos. Nadie telefoneó a la policía y no se inició ninguna investigación. No estaba maniatado en un zulo, ni enterrado en un descampado. Estaba localizable, normalmente encerrado en mi cuarto, y sin embargo, era un niño desorientado, aunque mis padres lo ignoraran. Estaba incómodo con faldas, permanecía ausente cada vez que me peinaba la melena delante del espejo, no quería ducharme, y lloraba de rabia cuando el resto de chicos no me dejaban jugar a fútbol con ellos. Sospecho que mis padres lo intuían. Lo que más me duele, es que creo que hubieran preferido seguir paso a paso la búsqueda hasta hallarme muerto a aceptar que era un niño perdido en un cuerpo que no le correspondía.

 

Fotografía de la portada de Tim Perdue

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