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Escribir un cuadro

 

Gabriel García Márquez dijo en una entrevista que sus novelas le seguían gustando cuando las leía con el paso de los años. En 2014 escribí una novela fallida. Hace unos meses releí los primeros capítulos y reparé en lo torpe que había sido. La diferencia en el juicio que hizo García Márquez de sus obras y el mío respecto a la que escribí radica en que él había creado algo bueno y yo no. No obstante, recordé que había un fragmento del que quedé satisfecho. He vuelto a él y pienso que es salvable. Quizás en todo error exista una parte de acierto. El pasaje de la novela es el siguiente.

 

Estudié la reproducción del cuadro Christina’s Word con el que había cubierto el bodegón de mi habitación de hotel. Lo hice despacio, entrando y escapando de la pintura, y comencé a cavilar sobre ella como antes no lo había hecho. Era verosímil que aquellos significados que surgieron ya estuvieran en mi mente esperando el momento oportuno. Escribí en un papel lo siguiente:

“Cristina, la mujer del cuadro, tiene el pelo enmarañado, pajizo y enfermo. Su silueta famélica se oculta tras un vestido largo, rosa pálido. De sus mangas cortadas emergen brazos inestables a punto de quebrarse, pero lo inquietante es la sombra que proyectan: de patas de ave zancuda.

Si se observa en detalle, se aprecian los pliegues de la muñeca y el empeine en una postura forzada de espera, susto o impotencia; los botines raídos de chica pobre, los dedos gruesos y retorcidos como una vid  de toxicómano.

Se encuentra en mitad de una inmensa soledad de campos yermos del color del metal oxidado, de tierra dolorida y sedienta, sin flores que recoger —y que tampoco podría tomar—. No se ven mariposas a su alrededor, quizás algún insecto zumbara.

A la derecha del cuadro, una cuesta con rodaduras hace las veces de camino. A su término, a un lado, cuervos negros de mal agüero disuaden de acercarse al cobertizo. Junto a la granja aguarda un carro con su pértigo anclado en tierra. En realidad, parece varado por un magnetismo persistente.

Solo podría llegar hasta allí arrastrándose como una alimaña torpe. Y asistes a ello y no puedes permanecer impasible ante esa indefensión. Alguien debe superar su temor, arañarse las piernas y conducir a Cristina a su hogar, donde quizás la echen de menos. Sin embargo, no la ven aun estando próxima.

Un alambre de espino combado sobre estacas protege el perímetro de la hacienda. Tal vez antes guardara ganado: caballos, vacas, gallinas. Ahora no. Si Cristina fuera capaz de llegar hasta él, si el interior de esa granja fuera su mundo —a pesar de parecer lúgubre—, nunca podría sobrepasar la valla, soportar el dolor de los pinchos clavándose en sus manos con dedos gruesos y retorcidos como una vid de toxicómano.

Varias ventanas parecen tapiadas y la puerta trancada, por qué, si no, habría de haber una escalera apoyada para acceder al piso superior. Quien haya subido allí y la reclama, o quien en su interior, ajeno a su desgracia, la busca debajo de las camas porque no la oye —ya que su grito de auxilio es acallado por el rumor del agua de una acequia; por la leve brisa que peina el manto ocre de vegetación y por los graznidos de los cuervos negros, más negros que su pelo—, termina sin encontrarla.

Cristina está a expensas de la que la salven de la nada del campo que la va a engullir, seguro y prontamente. Para ello, alguien dentro tiene que oírla, o el pintor o yo que la miro, correr aplastando la hierba seca y sacarla a la superficie, liberarla.

Su postura es inusual: de espaldas, girándose para observar tras de sí lo alto del montículo, en línea diagonal a la quinta. No es natural porque sus pies no giran en el mismo ángulo que su cuerpo, como si encontraran resistencia a la rotación; y porque sus caderas parecen adherirse al suelo como una plomada o un saco de piedras lanzado al fondo de un pozo.

No sabemos el motivo por el que mira a la granja, pero se intuye que es decisivo. Puede que responda a una llamada y Cristina se sorprenda de la potencia de la voz —que ha logrado levantarse sobre el rumor del agua de la acequia; la leve brisa que peina el manto ocre vegetal y los graznidos de los cuervos negros—, despertándola de su duermevela. El mechón al aire en un giro violento de su cuello, me hace pensar que sí existió una voz lejana. Y fue angustiosa para anunciar una muerte, un accidente o para provocar que ella contestara, levantara el brazo y así la localizaran, descartando su pérdida. Quizás nadie la advirtió y su mirada atrás desesperada y repentina busca el auxilio de los moradores para que fueran a por ella y la condujeran —de una vez por todas— de vuelta a casa antes de que la tormenta de verano rompa y de que la serpiente que se desliza por los matojos la alcance.

La pintura nos transmite que Cristina no se ha sentido aliviada tras chillar. Lejos de ello, aun sin ver su rostro, presentimos que el silencio ha sido la única respuesta que ha recibido. Acompañado tal vez por su propio eco, quizás por los cuervos riéndose de su postración, quizás por el ruido de la serpiente reptando más rápido para que Cristina no huya. Tampoco ha visto a nadie asomarse a las ventanas todavía entornadas ni abrir de un puntapié la puerta para saber qué le ocurre. Cristina calla y percibe el paso del tiempo.

Lo más triste de este cuadro es predecir que no hay nadie más, salvo Cristina —y es consciente de ello—, en ese enorme yermo de hierbajos del color del metal oxidado, que seguro y prontamente la va a engullir sin dejar rastro.”

Christina’s Word de Andrew Wyeth. 1948.

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